LA VIE EN ROSE

Sebastià Martí

Barcelona, 2023

Colección de acuarelas de gran formato y dibujos complementarios, todos de color rosa. Se expuso en la Galería MUTUO y La GALERÍA by LASTCRIT, en pleno «Soho» Barcelonés.

Con el paso de los años he llegado a percibir mi vida (y que se me perdone la
metáfora, la considero necesaria en este caso) como un paseo por una suerte
de bosque en el que las sensaciones que producen sus elementos cambian
constantemente: del terror y el pánico más descorazonadores al amor puro
sospechoso de serlo; del ego y el exhibicionismo a una tristeza desgarradora;
del humor que echa de menos la carcajada a la conciencia del paso del tiempo;
de la fantasía inconsciente, onírica, que puebla parcialmente noches y días, a la
imaginación consciente, que produce mundos inexistentes; de las sensaciones
enfermizas y asquerosas a la lujuria buscada, y en especial, a la que no.

La metáfora del bosque me permite darle cuerpo a este conglomerado de
sensaciones. Si entrecierro los ojos para ver lo justo, se me aparece un conjunto
de formas viscosas, tripofóbicas, atractivas y repulsivas, juntas, retorciéndose
entre ellas, brotando aquí y allá sin lógica, rodeándome.

Cuando a uno le afecta la estética de las cosas, el entorno, real e imaginado, ejerce
una fuerte influencia sobre la manera de codificar y representar las sensaciones
y los sentimientos. Esta exposición es un paseo (acompañado) por mi bosque.

A pesar de su vistosidad, el rosa es, paradójicamente, un color inexistente. No forma parte del espectro lumínico, es decir, no existe la luz rosa como tal, con una frecuencia de onda determinada: es la interpretación que nuestro cerebro hace de la combinación de luz roja y luz violeta. Como pigmento no puede obtenerse directamente de ninguna fuente natural, ya sea animal, vegetal o mineral. Para conseguirlo es necesario mezclar rojo y blanco, o diluir rojo en agua. Y hasta el siglo XVII la palabra “rosa” ni siquiera designaba un color, sino solamente la flor que acabaría dándole nombre.

Pero el rosa es una ficción en un sentido más. Como dice el historiador del color Michel Pastoureau, el color no es solo un fenómeno natural, sino también un complejo constructo cultural, un vehículo para la transmisión de códigos sociales:

“No hay una verdad transcultural en la percepción del color […] Es la sociedad la que ‘hace’ el color, lo define, le da significado”. Dejando de lado el binomio blanco/ negro, el rosa es probablemente el color con connotaciones sociales más fuertes, uno de los mecanismos de clasificación y control favoritos de las sociedades heteropatriarcales. En sus diferentes tonalidades (cada una cumpliendo con una función), el rosa todavía se sigue asociando mayoritariamente a una concepción de la feminidad estereotipada y retrógrada, definida por oposición a los valores presuntamente masculinos —delicadeza vs fuerza, frivolidad vs seriedad, sensibilidad vs dureza, seducción vs dominación…—, y aún hoy funciona como un tabú eficaz para preservar esta particular construcción del género.

La concepción del rosa como sinónimo de feminidad es completamente arbitraria, y de hecho tiene una historia relativamente reciente. Comenzó a gestarse durante el Romanticismo, cuando el rosa empezó a cargarse de significados considerados negativos, como el sentimentalismo o la ligereza, y acabaría culminando tras la Segunda Guerra Mundial con la conocida fórmula “azul para los niños, rosa para las niñas”, concebida como una estrategia publicitaria para vender más ropa infantil. El uso del azul celeste y el rosa claro en la ropa para bebés había empezado el siglo anterior, cuando los primeros tintes químicos permitieron colorear las prendas de forma industrial, pero durante mucho tiempo no existió un criterio mayoritario sobre a qué género correspondía cada color. Hubo que esperar hasta los años 50 para que el rosa comenzara a erigirse en el color de marca indiscutible de los productos para niñas. En adelante, el imaginario de lo femenino en Occidente se teñiría indefectiblemente de rosa.

“Pensar significa resistir los modos dominantes de representar el mundo”, escribía el politólogo Michael J. Shapiro. Desde los años 70, diferentes movimientos y colectivos han desafiado la interpretación normativa del rosa con una voluntad subversiva y emancipadora. Encontramos una reivindicación de este color en la rabiosa estética del punk, en el activismo gay y feminista, o incluso en la moda millennial, menos respetuosa con los modelos tradicionales de género. A ellos hay que sumar las propuestas de innumerables artistas, diseñadores y hasta iconos del pop. Diferentes causas unidas por una misma consigna: poner en crisis la lectura convencional del rosa.